El país pierde y desperdicia cerca de 9,76 millones de toneladas de alimentos, según una estimación del DNP de 2016. El problema no es exclusivamente ambiental: revela fallas de infraestructura, logística, comercialización y articulación productiva que afectan la rentabilidad del campo, la competitividad empresarial y el acceso de los hogares a los alimentos.
Colombia tiene una paradoja económica difícil de ignorar: produce alimentos, cuenta con una amplia diversidad agrícola, participa en mercados internacionales y tiene territorios con un importante potencial agroindustrial. Sin embargo, una parte significativa de esa producción no llega en condiciones adecuadas al consumidor.
La discusión sobre la pérdida y el desperdicio de alimentos suele abordarse desde la sostenibilidad y la responsabilidad social. Pero existe otra dimensión que merece mayor atención: cada alimento que se pierde representa recursos económicos que no logran convertirse en ingresos, valor agregado, empleo, abastecimiento o consumo.
Un estudio del Departamento Nacional de Planeación (DNP), publicado en 2016, estimó que Colombia perdía y desperdiciaba 9,76 millones de toneladas de alimentos al año, equivalentes al 34 % de la oferta nacional disponible para consumo humano en ese momento.
La cifra es contundente, pero debe interpretarse correctamente: corresponde a una línea base de 2016, no a una medición actualizada de lo que el país pierde cada año en 2026. Aun así, permite dimensionar la magnitud estructural del problema y la necesidad de contar con información periódica para medir los avances.
La pregunta económica es inevitable: ¿por qué un país con capacidad de producción agrícola continúa perdiendo valor en su cadena de abastecimiento?
1. El desperdicio de alimentos es una pérdida de productividad para la economía
Cuando se pierde un alimento no desaparece únicamente un producto. También se pierden los recursos utilizados para producirlo, transformarlo y transportarlo.
Detrás de una tonelada de frutas, verduras, leche, cereales o tubérculos existen costos asociados a:
- Tierra, agua y recursos naturales.
- Semillas, fertilizantes e insumos agropecuarios.
- Mano de obra y asistencia técnica.
- Energía y combustibles.
- Transporte, almacenamiento y refrigeración.
- Procesamiento, empaque y comercialización.
- Capital de trabajo y financiación.
Cuando el producto no llega al mercado, parte de esa inversión deja de generar el retorno esperado.
Desde la perspectiva empresarial, esto significa menor eficiencia operativa, deterioro de márgenes y pérdida de oportunidades comerciales. Para los pequeños productores puede representar algo todavía más delicado: ingresos que nunca llegan a materializarse y recursos que no pueden reinvertirse en la siguiente cosecha.
El problema también tiene un efecto sobre los precios. Cuando las pérdidas reducen la cantidad de producto disponible para comercialización, pueden generar presiones sobre la oferta, especialmente en mercados locales con problemas de abastecimiento. No significa que todo desperdicio produzca automáticamente inflación, pero sí que una cadena ineficiente puede elevar costos y reducir la disponibilidad efectiva de alimentos.
La competitividad agroalimentaria no depende solamente de producir más toneladas, sino de conseguir que una proporción mayor de esa producción llegue al mercado en condiciones de calidad, inocuidad y oportunidad.
2. ¿En qué parte de la cadena se está perdiendo el valor?
El estudio del DNP permite identificar que el problema no se concentra exclusivamente en los hogares o los supermercados.
De los 9,76 millones de toneladas estimadas:
| Etapa de la cadena | Participación | Toneladas estimadas |
|---|---|---|
| Producción agropecuaria | 40,5 % | 3,95 millones |
| Poscosecha y almacenamiento | 19,8 % | 1,93 millones |
| Procesamiento industrial | 3,5 % | 342.000 |
| Distribución y comercio | 20,6 % | 2,01 millones |
| Consumo de los hogares | 15,6 % | 1,53 millones |
La lectura económica es importante: aproximadamente el 63,8 % de las pérdidas y desperdicios estimados se producía antes de la etapa de distribución y venta minorista.
Esto significa que buena parte del problema ocurre antes de que los alimentos lleguen a los establecimientos comerciales.
Producción: producir sin asegurar la salida al mercado
La pérdida en el origen puede estar relacionada con condiciones climáticas, problemas fitosanitarios, deficiencias técnicas, falta de planificación de cosechas y dificultades para comercializar los productos.
También influye la desconexión entre la oferta agrícola y la demanda real.
Un productor puede tener una cosecha abundante, pero si desconoce las necesidades de los compradores, no cuenta con acuerdos comerciales o no dispone de mecanismos para almacenar temporalmente su producción, puede terminar vendiendo por debajo de sus costos o perdiendo parte del producto.
El desafío no es solamente aumentar la productividad por hectárea. También consiste en mejorar la capacidad de planificación comercial y gestión del riesgo.
Poscosecha: la infraestructura también determina la rentabilidad
La falta de centros de acopio, refrigeración, empaques adecuados, clasificación y almacenamiento puede deteriorar rápidamente los alimentos.
En productos perecederos, el tiempo es una variable económica determinante.
Una fruta que no se conserva adecuadamente pierde calidad comercial, reduce su vida útil y puede quedar excluida de determinados mercados.
Por eso, la infraestructura poscosecha debe entenderse como una inversión productiva y no solamente como un gasto logístico.
Distribución: mover alimentos también es crear valor
El transporte, los tiempos de entrega, las condiciones de las vías, la coordinación de inventarios y la infraestructura de comercialización inciden directamente en la disponibilidad de los productos.
La FAO ha advertido recientemente que los retrasos en las rutas, la ausencia de condiciones de frío y las demoras en los procesos de descargue pueden afectar la calidad de los alimentos que abastecen a Bogotá y su región central.
La pérdida no se produce únicamente en el campo. También puede ocurrir cuando una cosecha llega tarde, se manipula incorrectamente o no encuentra un comprador oportuno.
Consumo: el último eslabón también tiene responsabilidades
Los hogares, restaurantes, hoteles, supermercados y servicios de alimentación también pueden reducir el desperdicio mediante mejores prácticas de compra, almacenamiento, preparación y administración de inventarios.
Pero sería un error concentrar toda la responsabilidad en el consumidor.
El sistema debe facilitar que los alimentos lleguen en buenas condiciones, que existan canales para comercializar excedentes y que los productos aptos para consumo puedan recuperarse antes de convertirse en residuos.
3. La paradoja colombiana: exportamos más, pero no resolvemos las brechas de acceso
El artículo de referencia destaca que Colombia alcanzó en 2025 exportaciones agropecuarias y agroindustriales por US$15.317 millones, con un crecimiento del 33,5 %.
Este comportamiento evidencia oportunidades para el sector exportador y demuestra que existen empresas y productores capaces de competir en mercados internacionales.
Sin embargo, el crecimiento de las exportaciones no garantiza por sí mismo una mejor distribución de los alimentos en el mercado interno.
Son dos dimensiones diferentes de la economía agroalimentaria: la capacidad de generar ingresos mediante el comercio exterior y la capacidad de garantizar abastecimiento, acceso y aprovechamiento de la producción nacional.
El DANE informó que en 2025 el 22,8 % de la población colombiana experimentó inseguridad alimentaria moderada o grave, equivalente a más de 12 millones de personas.
La diferencia territorial también es significativa: el indicador llegó al 31,4 % en centros poblados y zonas rurales dispersas, frente al 18,1 % en las cabeceras municipales.
Esto demuestra que la disponibilidad nacional de alimentos no se traduce automáticamente en acceso efectivo para todos los hogares.
La seguridad alimentaria depende de la producción, pero también de los ingresos, los precios, la infraestructura, la conectividad, la distribución y las condiciones sociales de cada territorio.
El desafío de Colombia no es únicamente producir alimentos para exportar o abastecer sus ciudades. Es construir un sistema que permita que la producción genere ingresos para el campo y llegue de manera eficiente a quienes la necesitan.
4. Bogotá y Cundinamarca: una oportunidad para pensar la economía regional
La relación entre producción rural y consumo urbano permite identificar una oportunidad estratégica para Bogotá y la región central.
En septiembre de 2026, la FAO publicó información sobre el Sistema de Abastecimiento y Distribución de Alimentos de la Región Central (SARA). Según su diagnóstico, el 42 % de los alimentos que abastecen a Bogotá procede de Cundinamarca, mientras que el 46 % proviene de Boyacá, Meta, Tolima y Huila.
Esta relación muestra que el abastecimiento de una ciudad no depende exclusivamente de sus mercados internos. Existe una red económica regional que conecta productores, transportadores, centros de acopio, comerciantes, empresas transformadoras y consumidores.
Para Cundinamarca, esto representa una oportunidad de desarrollo empresarial y territorial.
Municipios de la Sabana de Occidente, como Mosquera, Funza, Madrid y Facatativá, forman parte de un entorno económico en el que la logística, la transformación de alimentos, la comercialización mayorista, los servicios empresariales y la conexión con los mercados urbanos pueden generar nuevas oportunidades.
La discusión debe avanzar hacia preguntas concretas:
- ¿Qué productos agrícolas de la región presentan mayores pérdidas?
- ¿Qué infraestructura necesitan los productores para conservar y comercializar sus cosechas?
- ¿Dónde podrían instalarse o fortalecerse centros de acopio y transformación?
- ¿Qué empresas pueden desarrollar soluciones de refrigeración, empaque y transporte?
- ¿Cómo conectar la producción campesina con compradores institucionales y comerciales?
La respuesta exige inteligencia territorial, información de mercado y articulación entre los actores públicos y privados.
Una región que produce alimentos necesita también empresas capaces de conservarlos, transformarlos, distribuirlos y comercializarlos.
5. La agroindustria y la tecnología pueden convertir pérdidas en oportunidades de negocio
La tecnología tiene un papel determinante en la transformación de las cadenas agroalimentarias.
No se trata de incorporar herramientas digitales por tendencia, sino de identificar dónde se destruye valor y qué soluciones pueden mejorar la eficiencia.
Algunas oportunidades de inversión y desarrollo empresarial son:
Cadena de frío y refrigeración: infraestructura para conservar frutas, verduras, lácteos, carnes y otros productos perecederos.
Centros de acopio inteligentes: espacios para recibir, clasificar, almacenar y comercializar productos de pequeños productores.
Procesamiento agroindustrial: transformación de frutas en pulpas, conservas, deshidratados y otros productos con mayor vida útil y valor agregado.
Trazabilidad digital: herramientas para identificar el origen de los alimentos, monitorear inventarios, controlar temperaturas y mejorar la gestión logística.
Analítica de datos: modelos para anticipar demanda, planificar cosechas, identificar temporadas de alta oferta y reducir compras o producción que no encuentran mercado.
Economía circular: aprovechamiento de residuos orgánicos para producir compost, bioinsumos y otros productos, después de priorizar la prevención de pérdidas y la recuperación de alimentos aptos para consumo humano.
La FAO destaca que la prevención debe comenzar desde la cosecha y continuar durante el transporte, el almacenamiento, la comercialización y el consumo.
También señala que el seguimiento de las pérdidas por producto y por tramo de la cadena permite priorizar inversiones con mayor impacto.
Esto abre oportunidades para empresas de tecnología, logística, empaques, servicios de alimentación, transformación industrial y gestión ambiental.
6. Compras públicas: un mercado que puede fortalecer la economía campesina
La demanda institucional puede convertirse en una herramienta para mejorar la estabilidad comercial de los pequeños productores.
En Colombia, la Ley 2046 de 2020 establece mecanismos para promover la participación de pequeños productores locales y de la agricultura campesina, familiar y comunitaria en los mercados de compras públicas de alimentos.
La norma contempla que las entidades públicas destinen como mínimo el 30 % de los recursos del presupuesto de compra de alimentos a este tipo de proveedores, bajo las condiciones y procedimientos establecidos.
Este mecanismo puede contribuir a reducir la incertidumbre comercial, facilitar acuerdos de suministro y fortalecer la economía rural.
Programas de alimentación escolar y compras institucionales pueden convertirse en compradores relevantes para productores organizados.
Sin embargo, para que esta política funcione se requiere algo más que una disposición legal:
- Asociaciones de productores con capacidad de oferta.
- Planeación de la demanda institucional.
- Estándares de calidad e inocuidad.
- Capacidad de almacenamiento y transporte.
- Procesos de contratación transparentes.
- Pagos oportunos y relaciones comerciales sostenibles.
El mercado institucional puede ser una oportunidad para el campo, pero necesita cadenas de suministro organizadas y eficientes.
7. El caso de la Red Lechera del Cauca: cuando la articulación genera productividad
El proyecto de la Red Lechera del Cauca, presentado en el informe citado por Forbes, ofrece un ejemplo de cómo la articulación entre cooperación internacional, sector privado, instituciones y productores puede contribuir a fortalecer una cadena productiva.
La iniciativa reunió a 43 aliados públicos y privados, entre ellos la FAO, la Embajada de Suecia y Tetra Pak.
Según los resultados expuestos en el informe, en dos años de operación los productores vinculados pasaron de obtener un promedio de 10 a 12 litros de leche, lo que representa un incremento aproximado del 20 % respecto al punto de partida.
El proyecto también buscó mejorar la vinculación de los productores a mercados formales, fortalecer la participación de mujeres y jóvenes y promover el cuidado del agua.
El caso permite identificar varios elementos de interés económico:
- La cooperación puede ayudar a reducir riesgos para la inversión.
- La asistencia técnica puede mejorar la productividad.
- La tecnología de conservación puede ampliar las posibilidades comerciales.
- Los acuerdos de mercado pueden dar mayor estabilidad a los productores.
- La articulación territorial permite sumar recursos y capacidades.
No se trata de replicar mecánicamente un modelo, sino de identificar qué condiciones hicieron posible su desarrollo y cómo podrían adaptarse a otras cadenas productivas.
8. Cinco decisiones estratégicas para reducir las pérdidas y aumentar la competitividad
La reducción del desperdicio de alimentos necesita pasar de las iniciativas aisladas a una agenda económica de largo plazo.
Desde la perspectiva de la gerencia empresarial y territorial, proponemos cinco líneas de acción:
1. Medir las pérdidas con información actualizada.
El país necesita actualizar la línea base nacional de pérdidas y desperdicio de alimentos. También requiere indicadores por producto, territorio, etapa de la cadena y tipo de empresa.
Sin información actualizada es difícil determinar dónde invertir y cómo evaluar los resultados.
2. Priorizar la infraestructura productiva y logística.
Los recursos públicos y privados deben orientarse hacia los puntos donde la falta de almacenamiento, refrigeración, vías, centros de acopio y transformación genera mayores pérdidas.
3. Fortalecer la asociatividad y los acuerdos comerciales.
La organización de pequeños productores puede mejorar su capacidad de negociación, facilitar el acceso a mercados y permitir inversiones compartidas.
4. Impulsar la innovación y la transformación agroindustrial.
La tecnología debe responder a necesidades concretas: conservar, procesar, transportar, monitorear y comercializar mejor los alimentos.
5. Conectar la política pública con la inversión empresarial.
Las compras públicas, los programas de asistencia técnica, la financiación y los proyectos de cooperación pueden generar mejores resultados cuando se articulan con empresas que aporten tecnología, conocimiento y acceso a mercados.
9. La oportunidad económica detrás del desperdicio
Colombia necesita cambiar la forma de entender el desperdicio de alimentos.
No es solamente un problema de residuos, ni una responsabilidad exclusiva del consumidor. Es un indicador de ineficiencia económica que revela oportunidades para mejorar la productividad, desarrollar nuevos negocios, fortalecer los territorios y aumentar la disponibilidad de alimentos.
La reducción de pérdidas puede contribuir a proteger los ingresos de los productores, aprovechar mejor los recursos naturales, mejorar la eficiencia empresarial y fortalecer el abastecimiento.
Pero para avanzar se necesita una visión de sistema: campo, industria, comercio, logística, tecnología, instituciones y consumidores deben dejar de actuar como eslabones independientes.
La pregunta para los empresarios no debería ser únicamente cuánto cuesta implementar una solución de conservación o transformación, sino cuánto valor económico se está perdiendo por no hacerlo.
Colombia no necesita solamente producir más alimentos. Necesita una economía agroalimentaria capaz de conservar, transformar, distribuir y aprovechar mejor lo que produce.
Esa es una oportunidad para la inversión, la innovación y el desarrollo empresarial.
Y también es una decisión estratégica para un país que quiere crecer sin desperdiciar sus recursos ni dejar atrás a quienes producen sus alimentos.
CAFÉ CON LA GERENCIA
Inteligencia económica y pensamiento estratégico para comprender el territorio, anticipar oportunidades y transformar empresas.